9 de enero de 2024
Ha amanecido nevando, aunque la previsión era que empezara por la tarde, se ve que no han acertado. Por suerte hay menos frío aunque nos abrigamos igual que siempre y tomamos prestados del hotel un par de paraguas. Caminamos bajo la nieve hasta el palacio Changdeokgung, que en realidad son un conjunto de palacios, incluido un jardín secreto. Fue construido en 1405 y quemado durante la invasión japonesa en 1592. Se reconstruye en 1609 por el rey Seonjo y el rey Gwanghaegun y se incendió nuevamente en 1623 debido a que el rey Injo inició una revuelta política contra Gwanghaegun. El palacio también fue atacado por los Manchu Qing, pero a lo largo de su historia de reconstrucción y reparación se ha mantenido fiel a su diseño original. Changdeokgung era el sitio de la corte real y la sede del gobierno hasta 1868, cuando el palacio Gyeongbokgung fue reconstruido. El último emperador de Corea, Sunjong, vivió aquí hasta su muerte en 1926.
Es un laberinto de estancias de madera que hace que te pierdas, pero me pareció mucho más bonito que el palacio Changdeokgung que visitamos ayer. La visita no incluye el jardín secreto, por lo que compramos otra entrada para visitarlo, aunque es obligatorio hacerlo con visita guiada. Una hora nos llevó recorrer los jardines que deslucen un poco por el clima. Los estanques que bordean los pabellones están congelados y cubiertos de nieve pero aún así vale la pena la visita.
A pesar de la nevada que caía seguimos nuestro plan de ir andando hacia el mercado Gwangjang donde aprovechamos para comer cerca de la una y media. El mercado estaba a tope de coreanos en su hora de comida y nos costó encontrar algún lugar donde sentarnos y que nos gustara la comida, sobretodo a mi. Finalmente vimos pescado frito y decidimos sentarnos. La cocinera no hablaba inglés pero el lenguaje de gestos es universal así que no nos costó hacernos entender. Comimos pescado frito, una especie de tortilla de verduras, gambas rebozadas, kimchi super picante que solo comió Xavi, spam rebozado y un pincho de verdura y cangrejo. Para beber probamos el makgeolli, una especie de vino de arroz y trigo de aspecto lechoso. Es bastante dulce pero a la vez refrescante y lo sirven en un cuenco de metal. Disfrutamos mucho la experiencia y la señora nos regaló mandarinas de postre porque parece que el menú incluía más cosas fritas pero nosotros estábamos saciados.
Nuestra siguiente parada fue el Dongdaemung Design Plaza, un edificio futurista de la arquitecta Zaha Hadid. La arquitectura es impresionante y por dentro son grandes pasillos blancos y redondeados que como dice Xavi están desaprovechados. Es un centro cultural donde se muestran exposiciones y justamente ahora había una sobre los 100 años de la Warner Bross. La entrada era bastante cara, unos 15 euros, si tenemos en cuenta que las visitas a los palacios no llegan a los 3 euros. La exposición muestra muchos objetos usados en las películas de la Warner a través de los años. Junto con la entrada tenemos derecho a probar suerte para que nos den un regalo. A Xavi le tocó un pin de la Warner, a mí un juego de cartas coreanas que aún no sé utilizar.
Cogimos el metro por primera vez para ir al barrio de Gangnam, que es el centro moderno y financiero de Seúl, lleno de rascacielos y tiendas de diseño. Se hizo famoso hace unos años por la canción Gangnam Style. Nuestra primera parada fue en Starfield Coex Mall, el centro comercial subterráneo más grande de Asia, donde aprovechamos para tomar un café y un chocolate y despejarnos del sueño del jetlag. Lo más impresionante de este centro comercial es su librería, con estantes llenos de libros que llegan al techo y que aún no sabemos cómo se llega a ellos si los quieres comprar. Desde aquí fuimos caminando hasta la K-Star Road, que es como el paseo de la fama de los cantantes de kpop. A lo largo de la calle se encuentran unas esculturas graciosas que representan a estos grupos musicales, pero no conocemos a ninguno. Lo que nos llama la atención es el impresionante diseño de los edificios que acogen las tiendas de las marcas de lujo. Intentamos ir hasta el río para ver el puente que habíamos visto desde el metro, pero una autopista nos lo impidió. Cansados de tanto andar volvimos a coger el metro hasta el hotel. Mientras mirábamos en el móvil que combinación usar, se nos acercó un coreano a ayudarnos. La gente es muy amable y los que saben inglés se ofrecen rápidamente a socorrer a los turistas perdidos. Gracias a él encontramos la ruta correcta y llegamos al hotel en media hora.
Descubrimos unos callejones llenos de pequeñas tiendas y restaurantes a la salida del metro, pero parecían bastante caros para nuestro presupuesto y la intención era cenar barbacoa coreana. Nos movimos un poco más cerca del hotel donde los restaurantes son menos turísticos y entramos en uno de barbacoa. Pedimos la carne pero solo era de vaca, no había cerdo, así que yo me dediqué a cocinar y Xavi a comer. Probé un trozo que cociné casi hasta quemarlo pero aún así no me animé. No tenía mucha hambre pero terminé comprando un onigiri de atún y un helado de chocolate en la tienda de conveniencia.


















































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